Escribir. La llamada.

Algún día me gustaría aprender a escribir bien. Escribir ficción, quiero decir.

Mientras tanto, me conformo con hacer algún relato corto por mi cuenta de vez en cuando. Éste se llama ‘La llamada’.

La llamada

Estaba decidido. Lo haría esa misma noche. La idea le ponía enfermo, pero no podía posponerlo más. No estaba dispuesto a seguir viviendo el resto de sus días con miedo.

Hacía ya varios meses que el extraño se comunicaba con él cada día puntualmente, a las 10 de la noche. Cuando el mundo parecía estar tranquilo y la calma de la oscuridad se iba instalando en los hogares, el suyo recibía la llamada.

La primera vez pensó que no iba dirigida a él. Que había sido una equivocación.

Las siguientes veces trató de responder al extraño. Trató de preguntarle por la razón por la que la había tomado con él. Trató de increparlo e incluso le amenazó con tomar medidas contra él.

Nada de eso consiguió que la llamada cesase.

Después adoptó otra estrategia: La de ignorarla. Decidió no atender la llamada cuando se produjese y, durante algunas semanas lo consiguió. Pero cada noche la llamada continuaba llegando y cada noche tenía que luchar contra la tentación de atenderla. Fue agotador porque en el fondo la llamada producía sobre él una poderosa fuerza de atracción casi tan difícil de resistir como de explicar. Finalmente no pudo más y sucumbió a esta fuerza. Desde entonces no había pasado ni una sola noche sin dejar que las palabras del extraño fuesen taladrando su mente.

A veces el extraño le atormentaba con la visión del fracaso en el que se había convertido su vida: Ya mediada la cuarentena, sólo, sin familia ni amigos cerca. Atrapado en un trabajo mediocre, sin perspectivas y que además los jóvenes realizaban mucho mejor que él.

El extraño sabía todo eso muy bien y lo utilizaba para hundirlo aún más en la miseria. Esas noches eran seguramente las peores. Acababa llorando, acurrucado en una esquina de su cama y sintiéndose lo más insignificante del Universo.

Otras veces el extraño lo amenazaba. De muerte. No es que le hubiese importado que su vida acabase. Al fin y al cabo sentía que la vida, y especialmente la suya no tenía ningún valor. Pero en sus amenazas, el extraño no se conformaba con matarle. Unas veces detallaba como tenía pensado romper uno a uno todos los huesos de su cuerpo. Otras veces se recreaba describiendo la manera en que desollaría su piel poco a poco, o como lo ataría y le obligaría a comer y beber lo justo para que su muerte por inanición fuese lo más lenta posible. Y cosas aún peores que era mejor ni recordar. Esas eran las noches de sudor frío y temblores.

Algunas veces el extraño sólo se reía. Se reía con una risa estridente que perforaba el cerebro. O se dedicaba a repetir una y otra vez su nombre, como un disco rallado. Y así noche tras noche, hasta que no pudo más.

Decidió no aceptar el papel de víctima. Podría ser un fracasado, pero nunca se daría por vencido ante nada, y la llamada no iba a ser una excepción. Había llegado el momento de pasar a la acción.

Buscó ayuda, se informó. Decidió no parar hasta descubrir la manera de localizar el origen de esa llamada, y lo localizó. La llamada se producía desde muy cerca, cosa que no le extrañó. El extraño lo sabía todo sobre él, por lo que ya intuía que le había estado vigilando. Pero ahora habían cambiado las tornas.

Todo el mundo tiene un pasado, y el suyo tenía algunos puntos oscuros, así que no le fue demasiado difícil conseguir una pistola en el mercado negro.

Estaba decidido. Lo haría esa misma noche. La idea le ponía enfermo, pero no podía posponerlo más. No estaba dispuesto a seguir viviendo el resto de sus días con miedo.

La idea de disparar a alguien le horrorizaba, pero la alternativa era seguir viviendo esa pesadilla. No tenía opción.

Como cada noche, a las 10 en punto se produjo la llamada.

– Hola, ¿Cómo estas hoy? – Saludó el extraño.

– Mejor que nunca. – Había que mantener la comunicación el tiempo suficiente. Cogió la pistola y se puso a caminar mientras conversaba.

– ¿Alguna novedad?

– (Si tú supieras) No gran cosa. ¿Qué tienes que decirme hoy?

– …

El extraño continuó hablando ignorante de lo que se le venía encima. Hoy era noche de amenazas, pero ya no le importaba. Hoy iba a terminar con aquello. Siguió andando en silencio hasta que llegó a su destino. Ahora tenía al extraño donde quería. El corazón le latía con fuerza, pero no era tiempo de dudas. Había que terminar lo que había empezado. La pistola estaba cargada, el objetivo encañonado. Mejor no pensarlo más.

Apretó el gatillo. El disparo sonó menos fuerte de lo que había pensado, pero la bala causó un buen estropicio. Una mezcla de sesos y sangre se estrelló contra la pared. Estaba hecho.

Al día siguiente lo encontraron. Con la pistola en la mano, la cabeza reventada y en un charco de sangre. Muerto, pero por fin libre. Por fin se había librado de esa llamada que cada noche desde hacía ya varios meses escuchaba en su cabeza.

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