En el aprendizaje, el contenido es el rey

Un error común a la hora de tratar de aprender cualquier materia.

Se ha hablado mucho en este blog de distintas técnicas y métodos para optimizar el aprendizaje. Hemos intentado estudiar cómo funciona el cerebro y profundizar en conceptos como los modos enfocado y difuso, la agrupación de conceptos (chunking), la técnica del pomodoro…

Son cosas importantes, sin duda, pero en el proceso hay un paso anterior fundamental, y es la correcta elección del material a estudiar.

En el aprendizaje, el contenido (el material) es mucho más importante que el método. De nada sirve tener las mejores técnicas y una autodisciplina férrea si las aplicamos sobre un material que no nos conduce lo más directamente posible a nuestros objetivos.

Un ejemplo es la forma en la que los adultos solemos aprender idiomas. Para aquellos idiomas que no son los maternos, normalmente aprendemos un vocabulario básico y un montón de reglas gramaticales. Hacemos miles de ejercicios de gramática, cada vez más complicada. Tiempos verbales, declinaciones… y a la hora de la verdad, a la hora de intentar mantener una conversación fluida somos casi incapaces de entender a nuestro interlocutor y a duras penas conseguimos hacernos entender.

Y sin embargo, los niños aprenden a hablar perfectamente sus lenguas maternas sin necesidad de nada esto. ¿Es que son más listos? ¿Es que hay una capacidad innata de aprender el lenguaje que se pierde a los pocos años de vida? No sé si habrá algo de esto, pero aunque tuviesen ciertas ventajas en cuanto a la plasticidad neuronal, lo cierto es que nuestras capacidades como adultos, a la hora de modelar nuestro propio proceso de aprendizaje, son infinitamente superiores.

Lo primero es que, para hablar un idioma, hay que saber pronunciar y distinguir sus elementos básicos de construcción: los sonidos.

El inglés (hablado) tiene 12 vocales. El castellano 5, y sólo 2 de ellas coinciden. La pronunciación de las consonantes también es distinta. Un adulto que solo se halla comunicado en castellano a lo largo de su vida, va a ser prácticamente sordo a las diferencias de pronunciación entre la palabra ‘ship’ y la palabra ‘sheep’. Por tanto, si quiere aprender a hablar y escuchar correctamente el idioma, debe entrenarse primero para escuchar y pronunciar estos sonidos que no conoce.

Lo siguiente sería dotarse de un vocabulario básico. En todos los idiomas hay un conjunto muy pequeño de palabras que se utilizan la gran mayoría del tiempo. Acudir a las listas de las ‘1000 palabras más frecuentes’ de un idioma y aprenderlas por orden de importancia sería una muy buena inversión, aunque los resultados a corto plazo se hiciesen algo de esperar.

Una vez adquirido un conjunto básico de palabras, podemos usar un manual de gramática para aprender ciertas construcciones sencillas de frases.

Y a partir de este momento, ya podemos, y debemos, empezar a jugar con el idioma. Ponerlo en práctica cuanto antes. Hablar, escribir, escuchar, leer… todo lo que podamos. Primero cosas sencillas, claro, pero cuanto antes empecemos a usar el idioma (y a cometer errores) en contextos reales, antes lo dominaremos.

Por supuesto que hay que seguir ampliando nuestro base teórica: Cada vez que veamos una palabra o una construcción gramatical que no entendamos podemos añadirla a nuestro repertorio, pero con la idea de usarla en cuanto podamos.

Luego estaría la utilización de técnicas como la repetición espaciada, la asignación de bloques de tiempo para el estudio… sí, con todas esas técnicas podemos ser más eficientes, pero si la selección del contenido no es la adecuada, seremos muy eficientes en aprender cosas poco útiles.

Igual que pasa con el estudio de idiomas, pasa con cualquier materia. Siempre hay ciertas cosas esenciales, básicas, que deberían ser las primeras en aprenderse y sobre las que se construye el resto del conocimiento. La selección del material es mucho más importante que el método de estudio.

Así que ya sabes, cuando trates de aprender cualquier cosa asegúrate de que el contenido, el material es el correcto. El contenido es el rey. El método solo es un buen sirviente.

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