El historiador

Una entrada un poco distinta. Un relato que escribí hace ya unos cuantos años. Lo escribí para mi mismo y me da mucha vergüenza hacerlo público. Esa es una de las razones por las que lo hago. Otra es porque me apetece.

Se puede leer en http://www.tusrelatos.com/relatos/el-historiador y, si lo lees ahí puedes dejarme una valoración o un comentario.

Pero lo pego aquí también por si quieres leerlo directamente.

El historiador

Santiago decidió que por aquel día ya era suficiente y dio por concluida su sesión de observación en el telescopio de realidad virtual. Durante los últimos días se había centrado en recorrer la selva de lo que en la edad antigua se conocía como Península Ibérica. Desde niño su mirada se volvía continuamente hacia el planeta del que surgió todo y, quizá condicionado por su lugar de nacimiento, siempre se interesó especialmente en la región que hasta la gran migración se conocía como España.

A diferencia de como ocurría en otras colonias, la estructura organizativa de Europa había mantenido ciertos vínculos con la historia. Para empezar era la única de las lunas de Júpiter que mantenía el mismo nombre que le habían dado los antiguos. Además, a modo de analogía con lo que fue el continente europeo de la antigüedad, sus bases recibían el nombre de algunos de los países de ese continente. En la que Santiago vivía se llamaba ‘España’. Quizá por eso había centrado inconscientemente sus investigaciones en la España de los días antiguos. Y por eso eligió llamarse Santiago cuando al cumplir 35 años terrestres alcanzó la mayoría de edad, como homenaje a un gran científico español de aquella época. Santiago era un historiador especializado en los días antiguos, en la historia del planeta tierra de la época premigratoria. Uno de los más reputados de todo el sistema planetario de Júpiter.

Por supuesto, no siempre se había llamado Santiago. Su nombre administrativo conforme a la normativa interplanetaria era I-X-EU-3356722890, lo que dejaba clara su procedencia. Y el nombre de juventud que le había dado su madre biológica era Odes. En su caso, además, habían respetado el nombre materno cuando fue entregado al CEFV (Centro de Estancia durante la Formación para la Vida).

El caso es que ya se había hecho demasiado tarde. El día siguiente tenía muchas cosas que hacer y, como siempre, le gustaba acabar la jornada con la mente despejada tomando una copa en alguno de los clubs de la luna. Europa era el mejor lugar en las cercanías de Júpiter para la vida social y estaba repleto de agradables locales de reunión ambientados en los antiguos días de la humanidad en la tierra.

Así que Santiago tomó el siguiente transbordador y se dirigió a una de las bases vecinas, Estonia. Y no es que España no contase con excelentes lugares de ocio. Al contrario. Según Santiago eran los mejores del Universo. Pero hasta que no concluyese su proyecto prefería no dejarse ver demasiado por allí. Había demasiada gente conocida y no quería correr el riesgo de hablar demasiado con nadie de su trabajo. Debía mantenerlo en secreto por ahora y no estaba seguro de poder mantener la boca cerrada. Especialmente teniendo en cuenta su afición a los buenos cócteles.

Tras una hora de sueño reparador en la cámara de sueño, Santiago se despertó despejado y feliz. Recordó que, si hubiese vivido en la época premigratoria, antes de que se empezase a producir el alcohol sintético, en este momento su cabeza estaría a punto de estallar por culpa de una terrible resaca.

– Bueno – se dijo. Hay muchas cosas que hacer así que lo mejor será empezar cuanto antes. Ana, por favor, ¿podrías crearme una conexión holográfica con el centro de exploración de nuevos mundos?

– Enseguida, guapo – Contestó la sensual voz de la asistente virtual que controlaba todas las funciones del laboratorio.

– Santiago se acomodó en el asiento de la cabina de comunicación holográfica. Frente a él se formó la imagen de Ted, el ingeniero jefe del área de diseño de vehículos autotripulados del centro de exploración de nuevos mundos. Ted era un buen tipo y un auténtico genio para dotar de las capacidades más inverosímiles a los artefactos que se enviaban a explorar los rincones del universo.

– ¡Buenos días, Santiago! ya me parecía que estabas tardando demasiado – bromeó Ted – supongo que llamarás para comunicar que has recibido el pedido.

– Llegó ayer por la tarde. Lo tengo ahora mismo en el centro de la sala del laboratorio. No sé si funcionará bien o mal, pero desde luego es precioso.

– Ya lo sabes, amigo. Hay quien dice que mis diseños no valen para nada, pero nadie podrá decir que no tienen estilo. Espero que no acabe destrozado como el anterior, porque me he tenido que quebrar la cabeza para hacer lo que me pedías. Pero ha valido la pena: rápido, silencioso, pequeño, invisible… A este robot lo podrías programar para arrancarle un pelo de la barba al presidente del gobierno interplanetario en plena sesión del congreso y no se enteraría nadie. Algún día me tendrás que contar para qué quieres algo así.

– No te preocupes, si todo va como espero, algún día lo sabrás. Muchas gracias por tu esfuerzo, Ted. Recibirás el pago acordado mas una pequeña gratificación personal esta misma tarde. Sabes que eres el mejor. Nos vemos.

– Hasta la vista, Santiago. Y que consigas lo que te propones, sea lo que sea.

La imagen de Ted se desvaneció. Santiago salió de la cabina y se sentó en la mesa que había dispuesto en el centro de la amplia sala que le servía a la vez como vivienda y lugar de trabajo. Sobre ella descansaba el robot de exploración que le había enviado Ted. En reposo era una esfera perfecta del tamaño de una cabeza humana y brillante como un espejo. Se dispuso a introducirle toda la información de la misión que tenía que realizar. Esperaba que todos sus datos fuesen correctos aunque daba por hecho que no podía estar seguro al 100% de la localización geográfica exacta del objetivo. Cuando terminó de realizar la programación, puso la palma de su mano derecha sobre la superficie de la esfera y ésta empezó a emitir un zumbido electrónico y a emitir una cálida luz azulada. Ya lo había puesto en marcha.

En ese momento Santiago empezó a ponerse nervioso. Los fracasos de los últimos intentos acudieron a su cabeza. Pero sabía bien que tarde o temprano lo conseguiría y que para ello lo único que debía hacer era seguir intentándolo. Cogió el artefacto, caminó con él hacia la escotilla situada en la pared, la abrió y depósito al robot dentro de la máquina. Temblando de emoción volvió a cerrar la escotilla. Estaba todo listo. Cerró los ojos, respiró hondo y pulsó el interruptor de comienzo del viaje. ‘La máquina’ comenzó a vibrar y pasados unos diez segundos se produjo un fuerte estruendo. Después todo quedó en silencio. Faltaban 4 horas para el momento en que había programado el regreso y tenía que matar el tiempo de algún modo. Decidió acudir de nuevo al telescopio de realidad virtual.

Podía pasarse horas y horas observando el planeta tierra. Era como viajar al pasado, 10.000 años atrás, antes de la gran migración.

Hoy el planeta se había convertido en una especie de museo gigante y ya prácticamente nadie vivía en él excepto en las bases científicas y la pequeña comunidad de ‘autóctonos’ que quedaban.

El resto de colonias llamaba ‘autóctonos’ a una pequeña comunidad que habitaba el planeta tierra y que se consideraban descendientes de los pocos hombres que sobrevivieron al gran cataclismo climático del siglo XXIII (según el calendario antiguo), de entre los que no quisieron o no tuvieron oportunidad de participar en la gran migración. Hay que tener en cuenta que en aquella época los viajes interplanetarios y, sobre todo, las técnicas de reproducción artificial de las condiciones de vida humanas estaban en pañales. Lanzarse a la conquista de nuevos mundos hoy nos parece algo cotidiano, pero en aquel entonces fue una auténtico acto de desesperación ante el violento castigo que el planeta infringió a sus pobladores. Un castigo, por otra parte, más que merecido. El día en que partió el primer transbordador hacia Marte (en aquel momento, ese era el destino más viable) fue el día que la humanidad decidió fijar como comienzo del nuevo calendario. El inicio de una nueva era.

Santiago estaba enfrascado en estos pensamientos mientras paseaba virtualmente de nuevo por la península Ibérica. Hoy era un auténtico vergel. – Como siempre debía haber sido – Se dijo a sí mismo. Sin embargo, fue una de las primeras zonas en despoblarse. Santiago lo sabía bien. Una de sus principales obras recogía precisamente todo aquel periodo. A finales del siglo XX y, sobre todo, durante el siglo XXI empezaron los primeros síntomas del cambio. La humanidad fue rápidamente consciente de aquello. De que ellos mismos estaban precipitando el proceso y, lo más triste, de que aún podía no ser tarde para ponerle freno. Pero decidieron no actuar hasta que fue demasiado tarde. Esa zona geográfica fue una de las primeras en sufrir los efectos. Entre los años 2030 y 2036 hubo una sequía especialmente virulenta que acabó por desertizar la península Ibérica y muchísimas otras partes del globo. España entró en una profunda crisis económica que obligó a la población a emigrar a otras zonas: A Escandinavia, donde el clima comenzó a suavizarse, al este de Europa y, especialmente al África subsahariana, una zona que en ese momento había comenzado su gran expansión y en la que la vida estaba mejor adaptada a las nuevas condiciones.

Después vinieron los ‘años negros’. Los recursos que tradicionalmente había venido explotando el hombre empezaron a agotarse sin que hubiese aún alternativas reales. El clima se extremó aun más, el nivel de los mares subió hasta inundar kilómetros y kilómetros de costas.

Paradójicamente, o quizá empujada por la grave necesidad, la tecnología interespacial avanzó a pasos de gigante. Fue cuando la humanidad se empezó a plantear en serio migrar a otros mundos. En esta época nacieron los primeros prototipos de gran parte de las cosas que hoy nos permiten realizar nuestra vida cotidiana: Las atmósferas artificiales, las naves espaciales de transporte masivo de mercancías y pasajeros, las técnicas de creación de nutrientes en laboratorio…

Pero no era sólo lo relacionado con el cambio climático lo que fascinaba a Santiago de los antiguos. Y no era sólo la antigua España el objeto de sus estudios. Estaba auténticamente fascinado por la sociedad que aquella civilización había construido. Tan… primitiva vista con los ojos de un observador presente. Y con tantos absurdos que no llegaba a comprender.

Y es que, aunque fuese difícil de creer, no siempre la humanidad había estado unida. Algo que hoy nos parece tan natural como el hermanamiento entre todos los hombres no existía en aquellos tiempos, a pesar de que todos vivían en el mismo planeta. Fue con el comienzo del cambio climático cuando se empezó a crear la conciencia de que era necesario cooperar, pero antes las cosas habían sido muy distintas.

Las guerras, las tremendas desigualdades, los fanatismos… son cosas que parecen sacadas de un relato de terror, pero habían existido realmente. Sus investigaciones lo habían demostrado. Ahora, su principal objetivo era responder a la pregunta: ¿por qué?. Y haría todo lo necesario para conseguir ese objetivo.

Santiago volvió en sí. Algo tenía el telescopio de realidad virtual que le abstraía. No en vano era donde siempre había acudido en busca de inspiración para todas sus obras. Y el sitio nunca le había fallado. Incluso hoy, que podía ser el día más importante de su vida, había conseguido atrapar sus pensamientos por unas horas.

Pero ya era hora de volver al laboratorio y comprobar si esta vez todo había funcionado según lo previsto. El corazón empezó a latirle a toda máquina. Decidió que el camino de vuelta lo haría andando.

Caminó y a cada paso los nervios y la tensión se hicieron más fuertes en él. Tragó saliva. Llegó al laboratorio. Ahora iba a saber si el experimento había dado resultado. Y si así fuese…

¿Estaría allí? ¿se habría desintegrado? Al llegar al laboratorio corrió a la escotilla de la pared. La abrió y allí estaba el robot explorador. La tensión le consumía.

Como antes había hecho, colocó la palma derecha sobre la esfera. El aparato de nuevo emitió su luz azulada y esta vez se separó en dos mitades, dejando ver su contenido interior.

De él salió un pequeño reptil asustado que no acertaba a comprender qué es lo que había pasado. Pero Santiago sí lo sabía. El robot explorador había hecho perfectamente su trabajo y había traído exactamente lo que se le pedía. Santiago no tenía el mínimo interés en el animal, desde luego. Pero sí en lo que significaba. Se trataba de un espécimen de una lagartija originaria de la antigua España. De una especie que se había extinguido con el cambio climático. Santiago se mareó y tuvo que sentarse. Aún tenía que digerirlo, pero acababa de conseguir uno de los mayores sueños de la humanidad. lo que había tras la escotilla de la pared era… ¡¡¡la máquina del tiempo!!!. Hacía tiempo que se había conseguido transportar objetos de un momento histórico a otro. Pero nadie lo había conseguido hacer con un ser vivo. Y ahora iba a poder podría realizar su sueño. Ahora podría ver, con sus propios ojos el mundo sobre el que tanto había escrito. Y quizá así, llegar a comprenderlo.

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