Actualización contínua

Desde el principio sabía que si me dedicaba a un sector tan joven como el de la Informática, iba a tener que utilizar una buena parte de mi tiempo en actualizarme. De por vida. Eso o morir (laboralmente). Y por si alguna vez se me olvidaba, mis profesores de la Universidad me lo recordaban constantemente (aunque a alguno no le hubiese venido mal aplicarse el cuento a sí mismo).

Empecé a estudiar la carrera en 1996. Intel había sacado hace poco su procesador ‘Pentium’ (primera generación). Las conexiones a Internet se realizaban a través de la línea telefónica usando un módem de 56600 baudios (bits por segundo) y mientras uno estaba conectado, no se podían hacer llamadas de voz. Google no existía. La Programación Orientada a Objetos era una tendencia prometedora y los teléfonos móviles eran zapatófonos cuya única función era la de realizar llamadas. Algo ha cambiado desde entonces.

Pues bien, salí al mercado laboral sabiendo que iba a tener que seguir estudiando de por vida. No pasa nada. Se asume. Estudiar siempre se me ha dado bien y, si además se trata de un tema que me apasiona, como es el caso de la Tecnología, no parecía un peaje demasiado alto.

Después llegó la vida y me dio un baño de realidad.

Cuando en el trabajo uno encuentra fechas de entrega surrealistas, cuando además se tiene una alta conciencia de lo importante que es sacar tiempo para cuidar la salud (hacer ejercicio, descansar adecuadamente…), cuando uno tiene que gestionar una vida tratando de sacar algo de tiempo para el ocio, compatibilizarlo con algún hobbie, manejar imprevistos… lo de sacar tiempo y energía para mantenerse al día se complica un poco. No digamos nada cuando llegan los hijos. Resulta que las cosas no son siempre tan bonitas como parecían.

Sí, los estudios siempre se me dieron bien. El problema es que ahora se había vuelto difícil sacar tiempo. Media hora un día por aquí, una hora el día que había suerte, un ratito el fin de semana si podía compatibilizarlo con otras tareas… difícil avanzar así. Lo más fácil y lo más probable es acabar descuidando un poco esa faceta.

Me pasó. No es que dejase de aprender, sino que me convencí de que dedicar tiempo explícitamente al estudio no compensaba. Ya digo que no dejé de aprender. Si así hubiera sido habría ido directo al paro. Pero sí tengo que reconocer que mi estrategia de aprendizaje pasó a ser ‘reactiva’. Es decir, aprendía algo nuevo si y solo si lo iba a necesitar para un proyecto determinado.

Me sentía sobrepasado

No es mala estrategia: La mejor forma de aprender algo es llevarlo a la práctica. Y como he dicho antes, aprender se me da bien. Así que me valía para ir tirando. Pero era consciente que no era suficiente para llegar a ser la clase de profesional que mi visión me pedía. Según mis responsabilidades profesionales iban creciendo, me veía obligado a desarrollar nuevas habilidades: Gestión de equipos, gestión de proyectos, oratoria… y, por mucho que me hubiese gustado, no tenía tiempo material ni energía mental suficiente para estudiar bien aquellas tecnologías incipientes que no estuviesen directamente relacionadas con mis tareas más inmediatas.

No es que me fuese mal, pero siempre sentía esa espinita clavada. En mi ya sobrecargada agenda diaria, ¿Cómo podía encajar el aprendizaje deliberado sin que afectase a otras áreas?. Pero yo tenía la intuición de que debía existir alguna manera. Y si la había, yo la encontraría.

Fast Forward. Según avanzaba la tecnología Web y se desarrollaban nuevos servicios alrededor de ella, mi mirada se volvió hacia el e-learning. De forma gratuíta o muy económica, de repente uno tenía a su disposición cantidad de cursos de todo tipo. Bien para adquirir nuevos conocimientos o para desarrollar nuevas habilidades. Tanto relacionados con las tecnologías de la información como cualquier otro tipo de conocimiento. Todo esto unido a los tradicionales libros y a la educación reglada ponía a mi disposición una cantidad de material de estudio nunca antes vista, sobre cualquier tema.

Bien, el contenido estaba ahí. Estructurado en cursos de una calidad impresionante. Muchos de ellos auspiciados por universidades de prestigio. Pero el problema seguía siendo el tiempo y la energía limitados.

Pero claro, entre tantas opciones de formación seguramente tendría que haber algo sobre cómo ‘aprender a aprender’. Maneras de aprovechar el escaso tiempo del que disponía y sacarle el máximo rendimiento a la hora de adquirir conocimiento. Decidí que sería una buena inversión si empezaba a leer sobre el tema y en esta búsqueda encontré varias cosas muy interesantes. Aquí dejo algunas referencias:

Aprendiendo a aprender
Las técnicas de mnemotecnia pueden ser muy útiles

¿Mereció la pena este viaje? Rotundamente sí. Cuando tienes un método para elegir qué te interesa aprender, en qué orden y los pasos exactos para optimizar el tiempo que uno le dedica, es como si se abriese una nueva puerta en tu cerebro. De repente las posibilidades de crecimiento se vuelven inmensas y uno simplemente no puede controlar su hambre de conocimiento. No es como si te descargases un software directamente al cerebro, a lo ‘Matrix’, pero es lo que más se le parece. Y lo mejor de todo es que ésta es una habilidad que, si bien rinde partido desde el principio, no deja de mejorar con la práctica.

Y por supuesto, ésto supone una ventaja competitiva enorme en un sector y un mundo tan cambiantes como los nuestros.

Consejo número 1 para destacar en el sector de las Tecnologías de la Información (y en muchos otros): Nunca dejes de aprender. No hay mejor inversión de tiempo y se puede compatibilizar con una vida ajetreada, si sabes cómo.

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